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CÓMO FUE EL JUICIO CONTRA JESUCRISTRO Y POR CUÁLES DELITOS LO PROCESARON


Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro




¿POR QUÉ MATARON A JESÚS?

(Mt 16, 21-23):

"Un día empezó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho a manos de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, que lo tenían que matar».


¿Por qué mataron a Jesús?

En los sermones, se nos dice que lo mataron porque él fue bueno y porque los otros eran malos; que lo mataron porque él era Dios y porque los otros eran los enemigos de Dios; que lo mataron porque él era santo y porque los otros eran pecadores; que lo mataron porque así estaba escrito y así lo quiso Dios.

¿Pasaron así las cosas? ¿Se puede decir sinceramente que Dios quería la muerte de su hijo, hijo único, en quien tenía todas sus complacencias? (Mt 3,17) ¿Y se puede afirmar, además, que los malos son tan malos que les gusta matar a los buenos por el sólo hecho de ser buenos? ¿Podemos decir estas cosas y quedarnos tan tranquilos?


Pero... ¿por qué sabía Jesús todo eso antes de que ocurriera?

Se nos ha dicho en los sermones que Jesús debería de saberlo todo, porque era el hijo de Dios (esa es nuestra fe). Pero no debemos olvidar tampoco que él era un hombre como los demás hombres (Fil 2,6 ss). Además, reconoció que había cosas que él no las sabía (Mt 24,36: «Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre»).

Jesús lo sabía, no con ciencia infusa, sino por simple conjetura humana; Jesús no era tonto y se daba cuenta perfectamente de lo que ocurría a su alrededor y de que, tal como iban desarrollándose los acontecimientos, aquello no podía tener otro fin.

A Jesús lo acusaron públicamente de una serie de cosas que, en el pueblo judío de aquel tiempo, eran delitos muy graves y estaban castigados por la ley con la pena de muerte. Bien claro lo decían los sumos sacerdotes, cuando lo acusaban ante Pilato: "Nosotros tenemos una ley, según la cual debe morir" (Jn 19,7).

Jesús fue acusado de practicar la magia (Mt 12,24), de proferir blasfemias contra Dios (Mc 2,7), de falso profeta (Mc 14,65). Casos, todos ellos, considerados como delitos graves, que se castigaban con la muerte. (Algo incomprensible para nuestra cultura actual).

Además, Jesús curaba a los enfermos precisamente en los sábados, días en que quien eso hacía merecía la pena de muerte. (Esta pena no era aplicada la primera vez que alguien cometía este delito, en cuyo caso, las autoridades le avisaban públicamente. Si, a pesar del aviso, reincidía en hacer lo que estaba prohibido, entonces sí lo condenaban a muerte: Mc 2, 24-27; 3,5-6).

«El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado», palabra de Jesús (Mc 2,27).

Jesús siguió quebrantando la ley del sábado: el hombre de la mano seca (Mt 12,10); la mujer encorvada (Lc 13,10-17); el hombre hidrópico (Lc 14,1-6); el hombre que llevaba treinta y ocho años tullido (Jn 5,10); el ciego de nacimiento (9,13-14)..., hasta el punto de que la gente acudía a ser curada por Jesús precisamente los sábados (Lc 13,14), lo que indica que él curaba a los enfermos precisamente el día en que eso estaba prohibido.

La gota que colmó el vaso fue el que Jesús se atreviera a hacer algo gravísimo: entrar en el templo con un látigo, tirando por tierra el negocio que allí tenían los sumos sacerdotes y diciendo que aquello se había convertido en una cueva de bandidos. Episodio narrado por los cuatro evangelistas (Mt 21,12-17; Mc 11,15-17; Lc 19,45-46; Jn 2,13-22).

Desde aquel momento, los dirigentes decidieron que tenían que matarlo (Mc 11,18; Lc 19,47-48). Para ellos, éste fue el delito más grave que cometió Jesús. En el juicio que le hicieron, no lo acusaban de las otras cosas, sino solamente de su ataque al templo (Mt 26,61; Mc 14,58). Cosa que Pilato, ajeno a las leyes judías, no podía comprender.

—No encuentro en él causa alguna de muerte (Jn 18,38; 19,4; 19,6).

Por graves que puedan parecer los actos que por ley merecían la muerte, en relación con Jesús no dejan de ser, objetivamente, anécdotas accidentales y simples pretextos para quitárselo de en medio. Subyacente a todo, latía la mala conciencia del injusto, que pierde el sueño cuando el profeta denuncia. Los que mataron a Óscar Romero, Ignacio Ellacuría, Gandhi, Luther King o a nuestro paisano Vicente Hondarza sabían mucho de ello. Y, sobre todo, sabían quienes les pagaron por hacerlo.

Jesús, como profeta utópico, proclamó un sistema contra el dinero, el poder y la fama. Defendió siempre a los pobres, a la gente sencilla, es decir, al pueblo (en griego, ochlos, pueblo bajo, palabra usada por los evangelistas, no por San Pablo): conjunto de los no privilegiados que tampoco aspiran a serlo.

Por el contrario, atacó durísimamente a los dirigentes y tuvo con ellos frecuentes enfrentamientos. El evangelio de Juan está plagado de éstos.

Por temor al ochlos, no se atrevían a tomar la iniciativa de matar a Jesús por motivos religiosos (como mataron a Esteban), y lo acusaron de delitos políticos (querer hacerse rey y ser enemigo del César). Así, las autoridades romanas invasoras intervendrían y lo condenarían por subversivo; así, su muerte sería más dura, más humillante y más dolorosa: la muerte colgado de una cruz. La muerte en cruz era la pena que se aplicaba a los sediciosos..., ¡a los terroristas! La que habrían aplicado a Barrabás, si no lo hubieran cambiado por Jesús; la que aplicaron a los dos terroristas —no ladrones, como se suele decir— ajusticiados junto a Él.

Ante tales acusaciones, Pilato se acobardó y, lavándose las manos, les entregó al Reo.

La muerte de Jesús fue el desenlace final de una vida que, según las leyes de aquel tiempo, mereció el juicio, la condena y la ejecución. Y aunque es verdad que el mismo Jesús dijo que, según las sagradas escrituras, el Mesías tenía que sufrir todo aquello (Lc 24, 26), lo cierto es que él se portó de una forma que tenía que acabar así. Pero no por gusto. En la noche de la víspera, en Getsemaní, sudó sangre producida por el miedo, padeció la angustia de ver llegado el momento tan temido:

—Papá (abbá), tengo miedo; si es posible, evítame este trago. (Mt 26,39. 42).

Ignacio Ellacuría escribió:

"Un autor, tan ponderado como Rahner, considera, por ejemplo, que es discutible si el propio Jesús atribuyó a su muerte una función soteriológica; esto es, si a él mismo le era clara la conexión entre el significado histórico de su muerte y su sentido trascendente".

Jesús, con su ejemplo y su palabra, denunció la gran mentira de aquellas instituciones, contraponiendo su utópico Reino de justicia, amor y unidad.

El letrero colocado en la cruz, sobre la cabeza de Jesús, indicaba el motivo de su condena a muerte, un motivo político: «JESÚS NAZARENO, EL REY DE LOS JUDIOS».

Jesús nunca se metió en política y, cuando intuyó el peligro de su proclamación como rey, se retiró al monte a orar (Jn 6,14-15). Pero vio claramente que el pueblo no podía seguir viviendo como vivía y proclamó la preferencia por los pobres y los despreciados, los que viven como esclavos y la gente sencilla. Lo denunciaron como agitador político y no pararon hasta verlo crucificado.

Este es el lenguaje de la cruz.

Desgraciadamente, la cruz ha perdido su recuerdo y su significado.

Exceptuando a todos aquellos honrosísimos casos en que el símbolo de la cruz es tomado en serio, ésta suele estar asociada a evocaciones de sumisión, orden, dignidad, y a veces incluso de poder y de fuerza; a los que triunfan en la vida, les imponen una cruz, y también a los que mandan y a los que dominan ("la cruz laureada", "la gran cruz del mérito militar", "la gran cruz del mérito civil", de "cruz san fulano"o la "cruz de la reina zutana", etc.). Para mucha gente, la cruz sirve de amuleto. También es considerada como objeto de lujo, haciendo juego con los pendientes y la pulsera, como complemento de la vanidad. Y digo yo: ¡Señor, Señor…!


Epigrama de los tiempos de la Ilustración:

En tiempo de las bárbaras naciones,

colgaban de las cruces los ladrones.

Mas ahora, en el siglo de las luces,

Del pecho del ladrón cuelgan las cruces.


La invitación de Jesús es ésta: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 6,24).


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